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LA VANGUARDIA // 28-06-04
// ARTICLE D'OPINIÓ
El chalet del oso //
Miquel Molina
El 'modelo Benidorm' y su Terra Mítica amenazan el Pirineo
Sucedió a finales de los 90, cuando un redactor y una fotógrafa de
prensa
recababan opiniones sobre la reintroducción del oso pardo en el Pirineo.
Uno
de los entrevistados, un hombre soltero de unos 70 años, les invitó a
visitar su casa en Alòs d'Isil, el pueblo más recóndito de uno de los
valles
casi vírgenes de la cordillera. El hombre estaba orgulloso de sus
propiedades, que se extendían a otras fincas en el mismo núcleo. "Y
luego
tengo un prado a pie de carretera, en la entrada del pueblo, por el que
me
ofrecen una millonada para construir chalets. Pero no lo venderé, por
mucho
que me presionen; además, yo no necesito el dinero para nada". "No lo
venda,
no se deje convencer nunca", le dijo la fotógrafa antes de irse.
De las montañas que rodean Alòs d'Isil han llegado en los últimos días
algunas noticias que invitan a pensar que el Pirineo goza de buena salud ambiental: se ha podido comprobar que han nacido nuevos oseznos en
libertad,
el macho Pyros ha sido avistado por los técnicos en perfecto estado de
forma
y se constata que los rebecos empiezan a recuperarse de la enfermedad
que en
los últimos años había diezmado la cabaña. A falta de un modelo de
crecimiento que establezca hasta dónde pueden llegar el desarrollo
turístico
y la preservación, y mientras siguen brotando como setas urbanizaciones
de
chalets suizos, la cordillera demuestra que aún no ha alcanzado el punto
de
no retorno. Es decir, que si se actúa con diligencia desde los
gobiernos,
todavía es posible detener la benidormización del fondo de los valles y
la
destrucción de los hábitats naturales de las especies más carismáticas
por
encima de los 1.500 metros.
El alboroto propiciado por las aventuras de Josep Lluís Carod-Rovira
dejó en
un segundo plano toda una declaración de intenciones por parte del
conseller
Joaquim Nadal, quien anunció en el inicio de la legislatura que su
departamento velará por que no vuelva a construirse en suelo
urbanizable. Es
posible que la preocupación de este Govern por la preservación del
territorio sea más elevada que la del anterior, y consta que hay
trabajos en
marcha para definir la compleja frontera entre el derecho a la
supervivencia
del mundo rural y la prerrogativa del ciudadano ecologista a acostarse
más
feliz si sabe los quebrantahuesos velan su sueño. El problema es de
tiempo:
el proceso de degradación irremediable en el que han entrado, por
ejemplo,
comarcas como Val d'Aran, puede extenderse a otros valles. Si seguimos
utilizando como referencia el modelo zaplana de desarrollo irreversible, veremos que el peligro no acecha sólo en forma de epidemia de
apartamentos,
sino de algo seguramente más temible: la sombra alargada de Terra Mítica
se
proyecta sobre la Vall Fosca -proyecto en marcha de un megacomplejo
invernal- o sobre la postergada ampliación de otras estaciones. Hoy en
día,
cuando no hay ecologista sensato que reniegue del esquí como motor
económico
de las áreas de montaña, no debería haber tampoco un gobernante cabal
que
abrace la ideología del chalet adosado como complemento del gran parque
temático. En definitiva, no se trata de un debate en el terreno de las
ideas, sino de un mero cálculo económico basado en el revolucionario
dicho
de pan para hoy, hambre para mañana.
Por supuesto, el pobre vecino de Alòs d'Isil desoyó los consejos de la
fotógrafa y acabó vendiendo su prado. Hoy se está cimentando el terreno
para
levantar no menos de 50 apartamentos, justo delante del cementerio donde reposan, hasta ahora en paz, los cuerpos de varios guerrilleros muertos
en
las escaramuzas antifranquistas de 1944. Quien quiera saber cómo fue
Alòs
d'Isil, que se dé prisa.
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